NITSUGA

Agustín Espinosa / Turín

Amenti

El sarcófago que nunca dejó de esperar

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Amenti

El sarcófago que nunca dejó de esperar

En el museo egipcio hay salas donde el silencio pesa más que la piedra.

Cruzamos el umbral convencidos de que solo encontraríamos historia, pero bastó una mirada para comprender que algunos sarcófagos no fueron creados para ser contemplados, sino para custodiar el acceso a Amenti, el reino donde, según los antiguos egipcios, las almas iniciaban su último viaje. Permanecían inmóviles tras el cristal, con sus rostros dorados y los brazos cruzados, observando un tiempo que ningún calendario recuerda. Parecían esperar... a alguien.

Los viejos sacerdotes afirmaban que el nombre de Amenti jamás debía pronunciarse en vano. Quien lo hacía despertaba el eco de aquellos que nunca aceptaron abandonar el mundo de los vivos. Mientras recorríamos la galería, sentimos que cada paso resonaba con un murmullo antiguo, como si las paredes conservaran el aliento de un ritual interrumpido hacía más de tres mil años. No era miedo. Era la incómoda certeza de que el pasado jamás acepta ser encerrado.

Cuando abandonamos la sala, el aire volvió a ser ligero. Sin embargo, al revisar esta fotografía comprendimos que las verdaderas maldiciones no persiguen a quienes abren un sarcófago... sino a quienes se detienen demasiado tiempo frente a él.

Porque hay puertas que nunca deberían cruzarse.

Y Amenti siempre encuentra el camino de regreso.

Tal vez por eso, incluso ahora, sentimos que alguien continúa observándonos desde el otro lado del cristal. Y quizá, al terminar de leer estas líneas, ya sepa también tu nombre.