NITSUGA

Agustín Espinosa / Turín

Ka

La vida que nunca abandonó el cuerpo

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Ka

La vida que nunca abandonó el cuerpo

Hay lugares que se visitan con la mirada. Otros, en cambio, se sienten con todo el cuerpo.

Al entrar en aquella sala del Museo Egipcio de Turín percibí algo imposible de describir con precisión. No era miedo. Tampoco inquietud. Era una sensación profunda, como si el silencio tuviera peso y el aire estuviera impregnado de una presencia antigua.

Me acerqué despacio hasta uno de los sarcófagos. Apoyé la mano sobre la piedra negra, pulida por más de tres mil años de historia.

Entonces ocurrió.

Sentí una energía intensa que nació bajo mis pies y ascendió lentamente por todo mi cuerpo. Recorrió cada centímetro de mí con una claridad que nunca antes había experimentado, pero que reconocí. Permaneció allí, envolviéndome, mientras contemplaba aquellos rostros inmóviles que parecían seguir custodiando un secreto imposible de pronunciar.

La sensación no desapareció al apartarme del sarcófago. Me acompañó durante todo el tiempo que permanecí en la sala.

Solo al abandonar el museo aquella intensidad comenzó a desvanecerse. La emoción fue tan profunda que necesité detenerme unos minutos antes de continuar caminando. No encontraba una explicación; solo sabía que acababa de vivir uno de esos instantes que permanecen contigo mucho después de que termina el viaje.

Quizá fue la sugestión. Quizá el peso de la historia. O quizá algunos lugares conservan una memoria que no puede verse, pero sí sentirse.

Aquel día comprendí por qué los antiguos egipcios llamaban Ka a la fuerza vital que nunca abandona del todo este mundo. Hay experiencias que no necesitan ser explicadas. Solo vividas.