Agustín Espinosa / Sagrada Família
Aquí se viene a desaparecer
Aquí se viene a desaparecer
Las columnas se alzan a ambos lados. Entre ellas, una sucesión de bóvedas conduce la mirada hasta las vidrieras del fondo.
El rojo trepa por una columna. El azul desciende por otra. El oro ilumina las alturas.
Intentas abarcarlo todo. Tu cuerpo parece ocupar cada vez menos espacio.
La luz recorre los pilares, se hunde en sus surcos y deja encendidas las formas del bosque gaudiano. Imaginas que, al acercar la mano, la piedra podría conservar el calor de algo más antiguo que el día.
Durante un instante, cuesta creer que todo esto permanezca inmóvil.
Los símbolos suspendidos entre las ramas de piedra parecen pertenecer a un idioma que reconoces sin haberlo aprendido.
Hay algo inquietante en esa familiaridad.
El bosque gaudiano te hace sentir diminuto y, al mismo tiempo, extrañamente esperado.
Al fondo, las vidrieras guardan sus colores como quien guarda un secreto. Avanzas unos pasos y te asalta una duda: cuando el sol se retire, ¿se apagará todo… o habrá aprendido la piedra a arder sola?
Dejas de buscar el mejor ángulo. Durante unos segundos, olvidas incluso la fotografía.
Cuando vuelves a bajar la mirada, el lugar sigue siendo el mismo.
Te cuesta recordar qué te preocupaba al entrar.
