Agustín Espinosa / Especiales
Pablo
Supermotard
Pablo
Supermotard
No fui yo quien capturó la curva. Fue la curva la que me atrapó primero. Estaba ahí, doblándose como un latido, esperando a que alguien entendiera su lenguaje. Y entonces apareció él: una KTM encendida por dentro, con esas llantas naranja que parecían querer incendiar el asfalto. No venía pilotando; venía declarando.
Lo vi inclinarse y supe que tenía menos de un segundo para decidir si quería ser testigo o cómplice. Elegí lo segundo. Ajusté el encuadre, respiré como si el aire también pudiera doblarse, y dejé que la cámara hiciera lo que mejor sabe, congelar lo que en realidad nunca se detiene.
Pablo pasó tan cerca que casi pude escuchar el roce del viento contra su casco multicolor. El fondo se deshizo en un borrón verde y ocre, como si la rotonda se rindiera ante la velocidad. Y en ese instante, justo en ese punto imposible entre el vértice y el caos, la foto se hizo.
No es una imagen de una moto en curva. Es el recuerdo de un segundo que decidió no morir.
